Mostrando entradas con la etiqueta mediterráneo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mediterráneo. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de noviembre de 2014

Roma Termini (15 de agosto)

Ferragosto. Roma Termini forma parte de esa constelación de estaciones y lugares variopintos que configuran mi Europa personal. Pienso ahora en la Gare du Nord y en la Gare de Austerlitz de París, en la estación Portbou-Cervère, en la Vintimiglia y, por supuesto, en la estación de Perpignan que Dalí ubicó como centro del universo. B ha tomado el tren de Barcelona a Perpignan y durante media hora ha estado dando vueltas por la estación de Perpignan y ha entendido todo lo que tenía que entender (Vagabundo en Francia y Bélgica, Roberto Bolaño). Una Europa hecha de estaciones y sus alrededores: una utopía ferroviaria o los fragmentos dispersos de una patria intelectual y definitivamente viajera. Una antipatria. O cuanto menos: una contrapatria. 

Roma Termini es una de las primeras estaciones a las que llegué, procedente de Génova, en aquel viaje iniciático a los 18 años. Ahora, más de diez años después, todo es levemente distinto. Ha cambiado la mirada. Y aun así, Roma Termini sigue siendo ese edificio horrendo - de una fealdad casi ofensiva en la ciudad de los palacios - que impregna a un barrio entero de la confusión que jamás debería abandonar a las estaciones y que parece estar en vías de desaparición en esta Europa virtual que amenaza con irse de sí misma. 

Cuaderno de un viaje infinito

jueves, 16 de octubre de 2014

La mediterraneidad (17 de agosto)

El desorden de las calles de Nápoles, el sur. Admito que me reconozco antes en el caos y la confusión de las ciudades mediterráneas que en la serenidad de algunos paisajes turquesas. Para mí la civilización mediterránea es ante todo las callejuelas de algunos barrios de Nápoles, Marsella, Orán o Barcelona. El desorden de sus mercados donde las transacciones comerciales se cierran en mitad del bullicio aparente (y no tan aparente), y no el perfecto equilibrio cromático del mar en la costa dálmata, amalfitana o balear. Aunque, en realidad, si algo es la mediterraneidad es esa contraposición, esa eterna disputa entre la armonía y el desconcierto, entre la obsesión por las proporciones y su saludable desarreglo.
Probablemente la disyuntiva entre seny y rauxa no es más que la reverberación catalana de esa dialéctica común a toda la familia mediterránea. Apolo contro Dionisio, ancora una altra volta.

Cuaderno de un viaje infinito