viernes, 11 de marzo de 2011

Primer círculo: "I AM WHAT I AM"

“I AM WHAT I AM”. Esta es la última oferta del marketing al mundo, el último estadio de la evolución publicitaria, adelante, tan por delante de todas las exhortaciones a ser diferente, a ser uno‐mismo y a beber Pepsi. Decenas de conceptos para llegar ahí, a la pura tautología. YO=YO. Él corre sobre una cinta transportadora ante el espejo de su gimnasio. Ella regresa del curro al volante de su Smart. ¿Van a reunirse?

“JE SUIS CE QUE JE SUIS”. Mi cuerpo me pertenece. Yo soy mío, tú eres tuyo, y esto va mal. Personalización de la masa. Individualización de todas las condiciones –de vida, de trabajo, de desgracia. Esquizofrenia difusa. Depresión rampante. Atomización en finas partículas paranoicas. Histerización del contacto. Cuanto más quiero ser Yo, más tengo el sentimiento de vacío. Cuanto más me exploto más me agoto. Cuanto más corro, más fatigado estoy. Yo tengo, tú tienes, nosotros tenemos nuestro Yo como una fastidiosa taquilla. Nos hemos convertido en representantes de nosotros mismos ‐ este extraño comercio, los garantes de una personalización que tiene todo el aire, al final, de una amputación. Nosotros garantizamos hasta la ruina con una torpeza más o menos disfrazada.

Mientras tanto, yo gestiono. La búsqueda de mi Yo, mi blog, mi apartamento, las últimas tonterías de la moda, las historias de pareja, de culos…¡aquello que fabrica las prótesis necesarias para tener un Yo! Si “la sociedad” no se hubiera convertido en esta abstracción
definitiva, designaría el conjunto de los apoyos existenciales que se me tienden para permitirme ir tirando todavía, el conjunto de las dependencias que he contratado al precio de mi identidad. El minusválido es el modelo de la ciudadanía que viene. No deja de ser
premonitorio que las asociaciones que le explotan reivindiquen para él, el (papel de) “regresado a la existencia”.


"La insurrección que llega", Comité Invisible

lunes, 7 de marzo de 2011

Kafka

Franz Kafka pidió en su lecho de muerte que quemaran todos sus manuscritos.
Algo asombroso,
en este oficio plagado de adictos a la posteridad.
Obviamente no le hicieron caso,
pero es un gesto insólito
- incluso insólitamente bello –
en este supermercado de ínfulas,
en este bazar del superyó
(se venden hasta las estanterías),
donde la poesía es tan escasa
como innecesaria.
¿A quién coño le importa la literatura?

domingo, 6 de marzo de 2011

Shakespeare and Company

George Whitman debía tener 80 años
cuando nos echó a patadas de la librería
Shakespeare & Company,
gritando:
"¡No sois nada,
yo también he escrito muchas cartas de amor
y no por eso soy poeta!"
Teníamos 19
y París se nos escapaba entre las manos.

Los poetas adolescentes sufren muchísimo.
Algunas veces como cobayas,
otras como perros abandonados
al principio del verano.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Los pueblos árabes

Tengo medio paquete de arroz, algunas setas,
un dolor de cabeza terrible y una antología de José Emilio Pacheco.
Pase lo que pase, mañana será otro día.
Resulta tan obvio que da hasta risa escribirlo.
Ceno delante del televisor:
primero Túnez, después Egipto, ahora Libia.
Veo un desfile de corbatas rectificando posturas
y pienso: te han secuestrado a Europa.
Mastico arroz en silencio y me digo:
quizás sea verdad eso de que la historia la hacen los pueblos.

lunes, 21 de febrero de 2011

Vida de Arthur Rimbaud


Jean-Nicolas-Arthur Rimbaud nació el 20 de octubre de 1952, en la pequeña y aburrida Charlerville. Su madre era Vitalie Cuif, – hija de unos propietarios rurales – una mujer severa e intransigente. Su padre, Fréderic Rimbaud, oficial del Regimiento nº 47, de guarnición de Mézières, la ciudad vecina. Se conocieron durante un concierto que daba el Regimiento, en la plaza de la estación. Ambiente que sirvió a Arthur Rimbaud (a partir de ahora A.R.) para uno de sus primeros poemas: A la musique. A.R. era el segundo de 4 hermanos: Fréderic (1951), Vitalie (1956) y Isabelle (1958).

A.R. estudió, junto a su hermano Fréderic, en el Liceo Rossat, escuela frecuentada por la alta burguesía. Desde el principio ocupó el primer lugar de la clase en todas las materias, puesto que no abandonó mientras duraron sus estudios. Era un alumno dócil y querido por todos sus maestros. Su familia se trasladó a una junto a un río. El río se convirtió en el centro de todas sus diversiones. Pasaba la mayor parte del tiempo echado en una barca leyendo poemas.

Georges Izambard, un joven dinámico e independiente, ingresó como nuevo maestro de la escuela. Pronto descubre a A.R. y A.R., a través de Izambard, a Victor Hugo. Hecho que provoca las iras de su madre, que considera que los Miserables no es una lectura apropiada para un muchacho de su edad. A.R. tiene 16 años y empieza a escribir sus primeros poemas. Es 1968, París está a punto de arder bajo las llamas de una nueva revolución juvenil y A.R. no tiene dinero pero decide ir a París como sea. Consigue ir en autoestop hasta Saint Quentin, una vez allí piensa que si sube a un tren logrará burlar la vigilancia y llegar hasta París. En la Gare du Nord es detenido y conducido en primer lugar a la Prefectura y a continuación a la cárcel de Mazas. Desde su celda consigue contactar con Izambard y éste acude a rescatarle. Una vez libre ronda por las calles de París sin un céntimo, leyendo libros de historia y política: Pierre-Joseph Proudhon, Louis Blanc, Mijail Bakunin, Piotr Kropotkin. No habla con nadie de arte, ni de literatura; su única preocupación es la comida. André Gill, un dibujante, le acoge en su estudio. Por esa época escribe: “París es sólo un estómago”. Deja crecer su pelo rizado, porque ha decidido hacerse poeta maldito.

Llega mayo y estalla la revolución. A.R. subido a una farola del barrio latino grita a todo pulmón: “¡Hemos vencido al orden!”. Participa en algunas publicaciones estudiantiles de Nanterre y la Sorbonne, pero al enterarse que han ocupado el Teatro del Odeón corre a unirse a la ocupación. Es bien recibido por los estudiantes y obreros, aunque él en realidad no es ninguna de las dos cosas. Compone himnos revolucionarios y llega incluso a escribir una constitución comunista. A los ocho días decide abandonar el Teatro del Odeón, desalentado por la suciedad y la vulgaridad de muchos de sus compañeros. En su poema La Coeur volé escribe: “han robado su ideal y le han hecho servir de payaso”.

Sintiéndose solo y desmoralizado en mitad de la algarabía parisina que, en su opinión, carece de significado real escribe una carta a su amigo Paul Demeny. En ella afirma que el poeta no ha de ser un artista, sino un verdadero vidente. La poesía no es el cielo azul, sino el abismo sin fondo de lo desconocido. En sus propias palabras el poeta debe convertirse en el “gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito y el sabio supremo”. Gracias a un amigo de Izambard conoce a su admirado Paul Verlaine, que es el único poeta que puede comprenderle. Hacen el amor por primera vez en uno de los lavabos públicos de la Gare de Austerlitz. Paul Verlaine tiene 26 años y está casado con Mathilde Mauté. A.R. sigue teniendo 16 años.

Con el tiempo a la esposa de Verlaine le resulta insoportable la amistad de éste con A.R. A.R. es rápidamente apartado del grupo de intelectuales que rodean a Verlaine, ya que falta al respeto de forma ostentosa, llegando al insulto, a todos y cada uno de ellos. Es su momento supremo. El adolescente se ha convertido en un genio voyant y por esa época escribe su obra maestra: Bonne pensée du matin. En París solo le quedan sus amigos Gavroche y Richepin con quienes se reúne a menudo en lo que llaman la Academia del LSD. Decide huir.

Acude a casa de Verlaine dispuesto a suicidarse pero éste le convence para que vayan juntos a Bélgica. Más adelante se embarcan a Dover. Es la primera vez que A.R. ve el mar. Se instalan en Londres. Verlaine vuelve junto a su mujer, ante el terror que le produce no volver a ver a su hijo. A.R. vuelve con su familia, al quedarse sin fondos. No soportan la vida separados, así que deciden encontrarse de nuevo en Londres. Intentan organizar lo que A.R. llama una “economía positiva”. Ponen anuncios en el Times y consiguen algún alumno de francés. Ambos están al límite de su cordura. Sus nervios se tensan, rozando la esquizofrenia. Verlaine se traslada a Bruselas, donde se encuentra con su madre. A.R. le sigue. En una habitación de hotel los tres tienen una discusión, que termina con Verlaine hiriendo de varios tiros a A.R. en un brazo, de lo que se arrepiente de inmediato, acompañándole al hospital. Al regresar al hotel la discusión continúa, A.R. llama a la policía y Verlaine es condenado a 2 años de cárcel.

En esa época, completamente hundido, escribe Une saison en enfer, la novela romántica más sorprendente que se ha escrito hasta ahora. La obra empieza con estas elocuentes palabras: “En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos”. Nadie quiere ayudarle a lanzar su libro. Viaja de nuevo a Inglaterra en primavera y escribe Illuminations. Desde Londres, sin soportar la soledad, lanza una llamada de auxilio a su madre y a su hermana que acuden a reunirse con él. Pasan un mes juntos, como auténticos turistas y en Navidades regresan a Charleville. A.R. tiene 20 años y no vuelve a escribir poesía nunca más. Tras 4 intensos años el poeta ha muerto.

El resto de su vida es un peregrinar incansable en busca de un lugar en el que establecerse. Se va a Alemania, pasa a Italia andando, regresa a su ciudad natal en innumerables ocasiones. Viaja a El Cairo, le vende un contingente de armas a un reyezuelo africano. Finalmente se establece como un exitoso comerciante de dudosa moralidad en África, con los regímenes títere de las potencias occidentales surgidos tras la descolonización del continente negro. Quienes le trataron en esos días dicen que no quería saber nada de la poesía, la consideraba una locura transitoria que le infectó durante la juventud y que, afortunadamente, la madurez había extirpado de cuajo. Era un comerciante ejemplar, según sus proveedores. Jamás se retrasó en un pago. No soportaba la impuntualidad, ni, como es natural, el impago. Pese a lo mucho que se ha escrito al respecto, no hay indicios que le relacionen con el tráfico de drogas. Regresa a Francia en febrero de 1989. Tiene un tumor canceroso, de origen reumático y sifilítico en la rodilla izquierda que avanza de manera imparable. Le ingresan en el hospital de Marsella. Su hermana se consagra enteramente a su cuidado. El 10 de noviembre de 1989 muere, veinte días después de cumplir 37 años. Murió en el más estricto respeto a los principios religiosos, por ello, sus restos descansan en el cementerio católico de Marsella.

viernes, 14 de enero de 2011

La Teoría de los estratos horizontales

La Teoría de los estratos horizontales, enunciada por Ernesto Sábato en 1948 en su célebre novela El Túnel a través de los pensamientos de su protagonista, el pintor homicida Juan Pablo Castel, no es más que la formalización de algo que cualquier persona inteligente es capaz de intuir. En definitiva, una explicación elegante a la fenomenología de encuentros aparentemente casuales que algunos seres humanos superficiales creen producto del azar:

“Existen en la sociedad estratos horizontales formados por las personas de gustos semejantes, y en estos estratos los encuentros casuales (?) no son raros, sobre todo cuando la causa de la estratificación es alguna característica de minorías. Me ha sucedido encontrar una persona en un barrio de Berlín, luego en un pequeño lugar casi desconocido de Italia y, finalmente, en una librería de Buenos Aires. ¿Es razonable atribuir al azar estos encuentros repetidos? Pero estoy diciendo una trivialidad: lo sabe cualquier persona aficionada a la música, al esperanto, al espiritismo”.
El matemático ruso Andréi Kolmogórov escribió o dijo una vez, no sé con certeza como lo expresó, que el azar es la medida de nuestra ignorancia. La reflexión de Sábato no se aleja demasiado de esa premisa. Perseverando en esa dirección podríamos concluir que los encuentros entre las personas, y ahora me refiero a los encuentros en general más allá de si existen aficiones compartidas o no, no son producto del azar, otra cosa es que no sepamos explicarlos. Existe una probabilidad asociada a cada encuentro que tiene lugar en el mundo en este momento y, obviamente, también para cada uno de aquellos que nunca llegan a concretarse. De alguna manera, los encuentros entre personas son como los choques entre átomos: el reino de la incertidumbre solo nos permite acercarnos hasta un porcentaje de posibilidades, es imposible predecir con toda seguridad si un choque sucederá o no, pero afirmar que son capricho del azar es negar que exista una explicación a lo desconocido, y que seguirá existiendo aunque el mecanismo en cuestión trascienda siempre a nuestra comprensión. Afortunadamente las personas somos mucho más complejas que los átomos, contamos con voluntad propia, o al menos eso creemos. De todas formas, lo esencial es que por fin se ha terminado el aburrido engranaje del determinismo y no regresará: ya no es posible calcular el futuro. La idea de destino sigue en pie, ahora es incluso mucho más sugerente que cuando se trataba de una simple línea recta hacia el horizonte: es un océano de nodos. Todo indica que el futuro será todavía más fragmentario que el presente.

jueves, 6 de enero de 2011

2. Shadow y su novela-laberinto

Shadow anota en un cuaderno todos los aspectos teóricos que, a su entender, constituyen los fundamentos ideológicos de la novela-laberinto. El cuaderno empieza con anotaciones relativas a cuestiones formales y desde el reverso hacia el interior se recogen sus ideas acerca de los temas. Obviamente llegará un momento en que, pese a tratarse de un cuaderno extenso, ambas cuestiones se encuentren sin páginas para seguir desarrollándose, sin ocultarse. Shadow sabe de sobra que la eterna discusión de fondo y forma es un debate liquidado desde hace tiempo para los lectores audaces, que son, naturalmente, los únicos que le interesan. Por eso mismo, no le inquieta demasiado esa pequeña colisión de palabras que, previsiblemente, se dará en su cuaderno. Es cierto, que dividir los dos aspectos no es la manera más coherente con sus pensamientos de ordenar las notas, pero ya pensará en una ordenación adecuada más adelante. Su forma de trabajar es elaborar en el ordenador su novela-laberinto, tarea que requiere de escritura literaria y de programación informática en proporciones más o menos parecidas, a la vez que anota a mano, en el cuaderno, sus reflexiones teóricas. Quizás, con el paso de los días, consiga desarrollar al mismo tiempo que la novela-laberinto un ensayo que podría titular Teoría de la novela-laberinto o para utilizar algo más acorde a la nomenclatura actual Makin off de la novela-laberinto. Con suerte, podría tratarse de un libro de obligada lectura en alguna asignatura troncal de La Universidad Desconocida. Sus últimas anotaciones en el cuaderno tratan sobre asuntos de fondo:

Lo autobiográfico. ¿Es un libro autobiográfico? Pregunta el entrevistador al escritor de turno, en un plató de televisión que podría estar situado en cualquier lugar del mundo, si en cualquier lugar del mundo hubiera programas de televisión dedicados a la literatura. Todos los libros son autobiográficos, reza el karma popular. Todos hemos asumido esa respuesta como una suerte de verdad irrefutable. Hay quien considera que ante tal panorama las autobiografías carecen de sentido. Podría ser cierto. Nada que objetar. Sin embargo, ¿qué es lo autobiográfico? La mayoría de las personas tienden a pensar que lo autobiográfico se compone únicamente de lo vivido, desde una noción física de la experiencia. Así, se trataría tan solo de una delgada línea de acontecimientos, trazada en un mar de posibilidades, probables o remotas, decisiones que fueron desechadas, voluntariamente o no, y demás vicisitudes que por una u otra razón nunca tuvieron lugar. Afortunadamente en literatura, lo autobiográfico es un concepto mucho menos claustrofóbico. Todo lo que haya sucedido, pudiera haber sucedido o sea imaginable por alguien y ése alguien sea capaz de convertirlo en lenguaje, constituye experiencia de la palabra. En literatura, más que en ningún otro lugar, se impone como una verdad liberadora la proposición 5.6 del Tractatus lógico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein: Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo. El escritor vive en sus palabras, todo lo que escribe, sobra aclarar si ficticio o no, pasa inmediatamente a formar parte de su biografía. Igualmente todo lo que lee de sus maestros, y aquí hay que incluir también a todos aquellos lectores que sienten un amor sincero por la literatura, más allá de que escriban o no, también se inscribe de manera indeleble en la dermis de sus vivencias. Por esa razón, intentar discernir en un texto lo que forma parte de la propia experiencia del autor y lo que es ficticio es una tarea tan estéril, como absurda. Esa subespecie de críticos literarios y de biógrafos de escritores que malgastan su tiempo averiguando que porción de lo escrito, el autor efectivamente vivió, físicamente, y que porción imaginó, nadan contra el torrente de la literatura y probablemente morirán ahogados.

Lo multidisciplinar. Las fronteras entre disciplinas artísticas se diluyen en la actualidad irremediablemente o, lo que es lo mismo, cada vez hay más artistas de frontera. Lo que a todas luces era una sinrazón: constreñir la voz a un canal, a veces insuficiente, para expresar lo que alguien necesitaba expresar está, por fin, en vías de desaparición. Sin embargo, ahora es preciso acabar de una vez por todas con La Gran Zanja. Esa zanja que separa de manera ficticia las ciencias y las letras. Esta frontera que pretende dividir las disciplinas en áreas de conocimiento establecidas como islas inexpugnables y que, en muchas ocasiones, ha supuesto un obstáculo insalvable también para las personas, es uno de los peores legados que la sacralización de la especialización extrema ha dejado a nuestros tiempos. En nuestros días, afortunadamente son muchos los que han conseguido franquear la muralla. Jean-Luc Godard ha burlado a los policías fronterizos en infinidad de ocasiones, por poner un ejemplo. Llegó a mis manos, por puro azar, en una librería del East Village una novela de un escritor español, físico de formación, cuya trama, primitivamente reticular, era un delicioso cóctel de paisajes desoladores, personajes de lo más outsider y fragmentos de textos científicos. Seguir discutiendo hoy acerca de si existen temas literarios y temas no literarios sería burlarse del lector inteligente. Toda historia es potencialmente literatura, solo depende en manos de quien caiga y de la pericia que tenga para convertir esa historia en bruto en literatura. Así los átomos o un boxeador alcohólico que vaga por las calles de Dublín. Por alguna extraña razón los escritores sufrimos la incurable obsesión de soñar con terminar nuestra novela definitiva en una habitación destartalada de un hostal de París y cosas por el estilo. Supongo que es parte de la historia de los dos últimos siglos. Es difícil librarse de ese peso, pero al mismo nunca había sido tan necesario establecer puentes. La frontera entre lo científico y lo artístico debe ser saboteada hasta hacerla desaparecer por completo. Para ello son necesarias acciones que trastornen completamente el orden actual de las cosas. Por qué no jugar a narrar la ciencia y a enunciar la literatura. La mayor parte de la gente se deja engañar por el canal, sin contrastar si el contenido es verosímil. La televisión es el ejemplo más claro de ello, el falso documental solo lo ha explotado artísticamente. Se podrían enunciar reflexiones o situaciones de personajes literarios o cinematográficos, utilizando el lenguaje científico y transformar, a través del canal, verdades subjetivas en objetivas. El único propósito es, obviamente, causar el desconcierto general y que algunos descubran, de pronto, que están al otro lado, que cruzaron la frontera por la noche, sin darse cuenta. Así, hasta que La Gran Zanja desaparezca definitivamente.

Lo reciclado. Los personajes no pertenecen a aquellos que los crearon o al menos no toda su vida, solo el trayecto que ha sido narrado de ella ¿Por qué no escribir acerca de quien fue Gregorio Samsa antes de convertirse en un escarabajo? ¿Qué clase de adulto fue Holden Caulfield, después de las aventuras que narró Salinger? Reutilizar personajes que han sido creados anteriormente por los maestros no es un hurto, como a veces se da entender, sino un homenaje y un ejercicio tan necesario, como estimulante. En algún lugar existe uno o varios mundos donde Horacio Oliveira y Arturo Belano beben juntos, mientras Ferdinand Bardamu se ríe del capullo de Ignatius Reilly. Tomar prestado alguno de ellos es una forma ineludible de seguir avanzando hacia el objetivo de la novela-laberinto, la novela circular, que se erige como una brújula para perderse en un universo de múltiples conexiones referenciales con la literatura. De la misma manera, este reciclaje creativo incluye no solo personajes, sino también situaciones o incluso fragmentos de textos ajenos cuidadosamente seleccionados para expresar algo, por separado o conjuntamente. En definitiva, esta noción de reciclaje lleva más allá aquello que la cita o la paráfrasis constructiva ya anticipaban.
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Está anocheciendo en Tucson. Shadow vive en un edificio de apartamentos en un suburbio, apenas conoce a sus nuevos vecinos y, seguramente, ellos tampoco han reparado en su presencia. Es viernes, aunque podría ser lunes.