viernes, 14 de enero de 2011

La Teoría de los estratos horizontales

La Teoría de los estratos horizontales, enunciada por Ernesto Sábato en 1948 en su célebre novela El Túnel a través de los pensamientos de su protagonista, el pintor homicida Juan Pablo Castel, no es más que la formalización de algo que cualquier persona inteligente es capaz de intuir. En definitiva, una explicación elegante a la fenomenología de encuentros aparentemente casuales que algunos seres humanos superficiales creen producto del azar:

“Existen en la sociedad estratos horizontales formados por las personas de gustos semejantes, y en estos estratos los encuentros casuales (?) no son raros, sobre todo cuando la causa de la estratificación es alguna característica de minorías. Me ha sucedido encontrar una persona en un barrio de Berlín, luego en un pequeño lugar casi desconocido de Italia y, finalmente, en una librería de Buenos Aires. ¿Es razonable atribuir al azar estos encuentros repetidos? Pero estoy diciendo una trivialidad: lo sabe cualquier persona aficionada a la música, al esperanto, al espiritismo”.
El matemático ruso Andréi Kolmogórov escribió o dijo una vez, no sé con certeza como lo expresó, que el azar es la medida de nuestra ignorancia. La reflexión de Sábato no se aleja demasiado de esa premisa. Perseverando en esa dirección podríamos concluir que los encuentros entre las personas, y ahora me refiero a los encuentros en general más allá de si existen aficiones compartidas o no, no son producto del azar, otra cosa es que no sepamos explicarlos. Existe una probabilidad asociada a cada encuentro que tiene lugar en el mundo en este momento y, obviamente, también para cada uno de aquellos que nunca llegan a concretarse. De alguna manera, los encuentros entre personas son como los choques entre átomos: el reino de la incertidumbre solo nos permite acercarnos hasta un porcentaje de posibilidades, es imposible predecir con toda seguridad si un choque sucederá o no, pero afirmar que son capricho del azar es negar que exista una explicación a lo desconocido, y que seguirá existiendo aunque el mecanismo en cuestión trascienda siempre a nuestra comprensión. Afortunadamente las personas somos mucho más complejas que los átomos, contamos con voluntad propia, o al menos eso creemos. De todas formas, lo esencial es que por fin se ha terminado el aburrido engranaje del determinismo y no regresará: ya no es posible calcular el futuro. La idea de destino sigue en pie, ahora es incluso mucho más sugerente que cuando se trataba de una simple línea recta hacia el horizonte: es un océano de nodos. Todo indica que el futuro será todavía más fragmentario que el presente.

jueves, 6 de enero de 2011

2. Shadow y su novela-laberinto

Shadow anota en un cuaderno todos los aspectos teóricos que, a su entender, constituyen los fundamentos ideológicos de la novela-laberinto. El cuaderno empieza con anotaciones relativas a cuestiones formales y desde el reverso hacia el interior se recogen sus ideas acerca de los temas. Obviamente llegará un momento en que, pese a tratarse de un cuaderno extenso, ambas cuestiones se encuentren sin páginas para seguir desarrollándose, sin ocultarse. Shadow sabe de sobra que la eterna discusión de fondo y forma es un debate liquidado desde hace tiempo para los lectores audaces, que son, naturalmente, los únicos que le interesan. Por eso mismo, no le inquieta demasiado esa pequeña colisión de palabras que, previsiblemente, se dará en su cuaderno. Es cierto, que dividir los dos aspectos no es la manera más coherente con sus pensamientos de ordenar las notas, pero ya pensará en una ordenación adecuada más adelante. Su forma de trabajar es elaborar en el ordenador su novela-laberinto, tarea que requiere de escritura literaria y de programación informática en proporciones más o menos parecidas, a la vez que anota a mano, en el cuaderno, sus reflexiones teóricas. Quizás, con el paso de los días, consiga desarrollar al mismo tiempo que la novela-laberinto un ensayo que podría titular Teoría de la novela-laberinto o para utilizar algo más acorde a la nomenclatura actual Makin off de la novela-laberinto. Con suerte, podría tratarse de un libro de obligada lectura en alguna asignatura troncal de La Universidad Desconocida. Sus últimas anotaciones en el cuaderno tratan sobre asuntos de fondo:

Lo autobiográfico. ¿Es un libro autobiográfico? Pregunta el entrevistador al escritor de turno, en un plató de televisión que podría estar situado en cualquier lugar del mundo, si en cualquier lugar del mundo hubiera programas de televisión dedicados a la literatura. Todos los libros son autobiográficos, reza el karma popular. Todos hemos asumido esa respuesta como una suerte de verdad irrefutable. Hay quien considera que ante tal panorama las autobiografías carecen de sentido. Podría ser cierto. Nada que objetar. Sin embargo, ¿qué es lo autobiográfico? La mayoría de las personas tienden a pensar que lo autobiográfico se compone únicamente de lo vivido, desde una noción física de la experiencia. Así, se trataría tan solo de una delgada línea de acontecimientos, trazada en un mar de posibilidades, probables o remotas, decisiones que fueron desechadas, voluntariamente o no, y demás vicisitudes que por una u otra razón nunca tuvieron lugar. Afortunadamente en literatura, lo autobiográfico es un concepto mucho menos claustrofóbico. Todo lo que haya sucedido, pudiera haber sucedido o sea imaginable por alguien y ése alguien sea capaz de convertirlo en lenguaje, constituye experiencia de la palabra. En literatura, más que en ningún otro lugar, se impone como una verdad liberadora la proposición 5.6 del Tractatus lógico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein: Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo. El escritor vive en sus palabras, todo lo que escribe, sobra aclarar si ficticio o no, pasa inmediatamente a formar parte de su biografía. Igualmente todo lo que lee de sus maestros, y aquí hay que incluir también a todos aquellos lectores que sienten un amor sincero por la literatura, más allá de que escriban o no, también se inscribe de manera indeleble en la dermis de sus vivencias. Por esa razón, intentar discernir en un texto lo que forma parte de la propia experiencia del autor y lo que es ficticio es una tarea tan estéril, como absurda. Esa subespecie de críticos literarios y de biógrafos de escritores que malgastan su tiempo averiguando que porción de lo escrito, el autor efectivamente vivió, físicamente, y que porción imaginó, nadan contra el torrente de la literatura y probablemente morirán ahogados.

Lo multidisciplinar. Las fronteras entre disciplinas artísticas se diluyen en la actualidad irremediablemente o, lo que es lo mismo, cada vez hay más artistas de frontera. Lo que a todas luces era una sinrazón: constreñir la voz a un canal, a veces insuficiente, para expresar lo que alguien necesitaba expresar está, por fin, en vías de desaparición. Sin embargo, ahora es preciso acabar de una vez por todas con La Gran Zanja. Esa zanja que separa de manera ficticia las ciencias y las letras. Esta frontera que pretende dividir las disciplinas en áreas de conocimiento establecidas como islas inexpugnables y que, en muchas ocasiones, ha supuesto un obstáculo insalvable también para las personas, es uno de los peores legados que la sacralización de la especialización extrema ha dejado a nuestros tiempos. En nuestros días, afortunadamente son muchos los que han conseguido franquear la muralla. Jean-Luc Godard ha burlado a los policías fronterizos en infinidad de ocasiones, por poner un ejemplo. Llegó a mis manos, por puro azar, en una librería del East Village una novela de un escritor español, físico de formación, cuya trama, primitivamente reticular, era un delicioso cóctel de paisajes desoladores, personajes de lo más outsider y fragmentos de textos científicos. Seguir discutiendo hoy acerca de si existen temas literarios y temas no literarios sería burlarse del lector inteligente. Toda historia es potencialmente literatura, solo depende en manos de quien caiga y de la pericia que tenga para convertir esa historia en bruto en literatura. Así los átomos o un boxeador alcohólico que vaga por las calles de Dublín. Por alguna extraña razón los escritores sufrimos la incurable obsesión de soñar con terminar nuestra novela definitiva en una habitación destartalada de un hostal de París y cosas por el estilo. Supongo que es parte de la historia de los dos últimos siglos. Es difícil librarse de ese peso, pero al mismo nunca había sido tan necesario establecer puentes. La frontera entre lo científico y lo artístico debe ser saboteada hasta hacerla desaparecer por completo. Para ello son necesarias acciones que trastornen completamente el orden actual de las cosas. Por qué no jugar a narrar la ciencia y a enunciar la literatura. La mayor parte de la gente se deja engañar por el canal, sin contrastar si el contenido es verosímil. La televisión es el ejemplo más claro de ello, el falso documental solo lo ha explotado artísticamente. Se podrían enunciar reflexiones o situaciones de personajes literarios o cinematográficos, utilizando el lenguaje científico y transformar, a través del canal, verdades subjetivas en objetivas. El único propósito es, obviamente, causar el desconcierto general y que algunos descubran, de pronto, que están al otro lado, que cruzaron la frontera por la noche, sin darse cuenta. Así, hasta que La Gran Zanja desaparezca definitivamente.

Lo reciclado. Los personajes no pertenecen a aquellos que los crearon o al menos no toda su vida, solo el trayecto que ha sido narrado de ella ¿Por qué no escribir acerca de quien fue Gregorio Samsa antes de convertirse en un escarabajo? ¿Qué clase de adulto fue Holden Caulfield, después de las aventuras que narró Salinger? Reutilizar personajes que han sido creados anteriormente por los maestros no es un hurto, como a veces se da entender, sino un homenaje y un ejercicio tan necesario, como estimulante. En algún lugar existe uno o varios mundos donde Horacio Oliveira y Arturo Belano beben juntos, mientras Ferdinand Bardamu se ríe del capullo de Ignatius Reilly. Tomar prestado alguno de ellos es una forma ineludible de seguir avanzando hacia el objetivo de la novela-laberinto, la novela circular, que se erige como una brújula para perderse en un universo de múltiples conexiones referenciales con la literatura. De la misma manera, este reciclaje creativo incluye no solo personajes, sino también situaciones o incluso fragmentos de textos ajenos cuidadosamente seleccionados para expresar algo, por separado o conjuntamente. En definitiva, esta noción de reciclaje lleva más allá aquello que la cita o la paráfrasis constructiva ya anticipaban.
***
Está anocheciendo en Tucson. Shadow vive en un edificio de apartamentos en un suburbio, apenas conoce a sus nuevos vecinos y, seguramente, ellos tampoco han reparado en su presencia. Es viernes, aunque podría ser lunes.




miércoles, 29 de diciembre de 2010

El escondite de Holden Caulfield

J. D. Sal. perdona esta irreverencia
Holden Caulfield estaba sentado en la barra de un bar de Dickinson, Dakota del Norte. Con su mano derecha sujetaba un vaso de bourbon mientras miraba fijamente el televisor situado a un extremo de la barra. No había demasiada gente. La mayoría de los parroquianos estaban enfrascados en una discusión acerca de lo que sucedía en la pantalla. Es posible que fuera martes y más de uno había bebido demasiado. Holden llevaba unas dos semanas sin afeitarse. Le hizo una seña al camarero y éste rellenó su vaso.

Lo bueno de Dickinson era que por el momento nadie le conocía. Las grandes ciudades costeras se habían vuelto completamente inhabitables. Había demasiadas personas que conocían su historia y le amargaban la existencia parándole por la calle constantemente para hablar con él. Treinta y cinco años después seguían diciendo las mismas estupideces, parecía imposible que no hubieran olvidado el relato. Lo peor de todo era cuando los adolescentes le asaltaban para decirle lo identificados que se sentían con su actitud y gilipolleces por el estilo. No hay nada peor que soportar como la gente reacciona a tu desprecio con admiración. Es como una muerte dulce, eso me mata, supongo que a Holden también. Hace unos años, mientras pasaba una temporada en Londres para hacer algunas fotos durante el nacimiento del punk, tuvo aguantar durante toda la noche el taladro de un aprendiz de poeta underground que iba de crack hasta las cejas. En realidad largaba la misma bazofia que los empollones de la Facultad de Letras de la Universidad de Columbia. Tantos kilómetros para acabar escuchando lo mismo. Ante semejante panorama Holden se había visto obligado a huir hacia el interior del país. Las pequeñas ciudades de la América polvorienta, habitadas principalmente por paletos-protestantes-blancos, suponen un perfecto refugio de paz y tranquilidad donde perder de vista por fin a esos eruditos de inspiración europea de la costa este. Aún así, cierto es que sería una burda generalización afirmar que el interior del país está habitado únicamente por vaqueros y granjeros. En todos los pueblos y ciudades hay uno o incluso un grupo de individuos cuyo nivel cultural puede alcanzar niveles considerables, por no decir notables. Siempre son esa clase de personas (se trata sin duda de un género específico de seres humanos) los que acaban enterándose de la noticia, algunas veces tras leer el maldito libro, otras tras leer una noticia en un periódico local. Después, fíjense que los acontecimientos siempre suceden de una manera más o menos parecida, van al bar donde Holden es cliente habitual y se dedican a hacerle la vida imposible. Primero intentan entablar una amistad con Holden que éste ni desea, ni ha reclamado. Suelen actuar con tan poca discreción que todo el bar acaba enterándose de la historia. La tortura se vuelve insoportable cuando a todos les da de pronto por leer el puñetero libro. Libro del que, por otra parte, no entienden absolutamente nada. Entonces Holden tiene que sobrellevar, con la mayor dignidad posible, ser el protagonista del espectáculo poco edificante de unos borrachos analfabetos opinando acerca de su adolescencia y ofreciéndole una solidaridad que no solo no desea, sino que le repugna. La cosa suele ir haciéndose cada vez más grande. Nuevos clientes acuden al bar, le buscan periodistas de la prensa local y es raro que una radio no acabe pidiéndole una entrevista en directo. Un auténtico circo del que Holden, contra su voluntad, es la única atracción. Cuando la situación se pone tan fea Holden acaba largándose a otra ciudad donde nadie le conoce y la historia empieza de nuevo. El eterno retorno. En realidad, últimamente cuando veía al listillo de turno entrar corriendo en el bar hacia él, blandiendo el periódico o la novela de los cojones, Holden se dirigía inmediatamente a la habitación donde estaba alojado recogía sus cosas tan rápido como podía y se subía al primer tren o autobús que lo sacara de la ciudad. Con el tiempo había aprendido que es mejor huir antes de que monten la carpa. Así fue como llegó a Dickinson.

Sentado en la barra de ese antro perdido en Dakota del Norte pensó que quizás lo más inteligente hubiese sido hacer como el bueno de Seymour Glass y largarse de este mundo tras una agradable mañana de playa. Se habría ahorrado unas cuantas escenas desagradables, pero para que engañarse: le había faltado valor para obrar de manera tan consecuente. Después de todo, vivir huyendo era una penitencia lo bastante razonable para parecer justa. Era gracioso, pensó, pero con la literatura le sucedía lo mismo. Toda la puta vida atento a las novedades, comprando cientos de libros en las librerías de las muchas ciudades en las que había estado. Las vanguardias, Borroughs, los beatniks, el condenado Salinger, el Nuevo Periodismo, Kennedy Toole y ahora resulta que uno se da cuenta que desde los griegos nadie ha dicho nada nuevo. Tanto nadar para morir en la orilla.

martes, 28 de diciembre de 2010

X e Y, una historia de amor – Dos

En realidad la primera vez que X vio a Y fue en el metro de Madrid. X esperaba en una orilla de la estación de Banco de España. Eran las dos del mediodía y el vagón estaba lleno. X se subió como pudo y buscó un lugar para sujetarse, apretado entre la gente. Dos paradas más tarde la cosa mejoró un poco. X pudo respirar y aprovechó para alisar su traje con las palmas de las manos. Entonces se dio cuenta de que le estaban mirando. Curioso fenómeno ese de notar una mirada ajena en el cogote como un aliento abrasador, pero eso ya es otra historia. Una mujer de unos cuarenta y tantos, ataviada con un traje negro y una camisa blanca le miraba fijamente mientras esbozaba un media sonrisa, que a X le provocó de inmediato una cierta incomodidad. Era Y, aunque eso X obviamente no lo sabía. X intentó abstraerse perdiendo la mirada hacia el final del vagón, pero al poco rato se giró e Y seguía mirándole con esa media sonrisita inexplicable. X le miró de forma inquisitorial e Y pareció acusar el reproche. Sin embargo, cuando X se descuidó Y seguía mirándole con la misma actitud. X se resignó a tener que aguantar esa mirada durante todo el trayecto. Pensó que quizás tuviera algo que ver con su ridículo aspecto dentro del traje. Entonces, mientras intentaba olvidar el asunto, por decirlo de alguna manera, calificarlo de incidente sería excesivo, escuchó algo a su derecha. Perdona, ¿puedo hacerte una pregunta?, X se giró sorprendido y se dio cuenta de que Y se dirigía a él. Sí, contestó X algo perplejo. ¿Cuál es tu sueño?, soltó Y a bocajarro. La pregunta le había dejado completamente descolocado. No lo sé, ahora mismo no sabría que decir, dijo X para ganar tiempo. No lo sabes, repitió Y con un tono que a X le pareció ciertamente ofensivo. No lo sé, decir uno así, a bote pronto, hay tantos, dijo X, agitando la mano derecha en el aire. Di el primero que te venga a la cabeza, es igual que no sea El Sueño, solo uno que se te ocurra ahora, insistió Y. No sé, quizás dar la vuelta al mundo. Dar la vuelta al mundo sin aviones, dijo por fin X. Dar la vuelta al mundo sin aviones, repitió Y. Sí, emplear aviones sería convertir la aventura en un tour turístico algo más ambicioso, no tendría gracia. Qué sueño tan bonito, dijo Y con una enorme sonrisa que a X no le resultó esta vez tan ofensiva. Te encanta viajar, remató. Sí, me gusta. A mí también, dijo Y. Los dos se sumieron entonces en un silencio no diría que incómodo, pero quizás sí difícilmente digerible. El metro seguía avanzando por los subterráneos hacia el norte de Madrid. Cada vez estaba más vacío. X miró discretamente a su alrededor para ver si algún extraño se había fijado en la conversación. ¿Por qué me lo has preguntado?, dijo de manera algo súbita dirigiéndose a Y. Te estaba mirando y me ha apetecido saberlo, contestó Y sin inmutarse. Te apetecía saberlo, repitió X en voz baja. El metro se detuvo en una nueva estación. Bueno, espero que se cumpla, le dijo Y con una alegre sonrisa, mientras se dirigía hacia la puerta para descender del metro. La puerta se abrió e Y descendió sin más, mezclada con otros pasajeros. X se agachó por debajo de sus ciento ochenta y cinco centímetros para mirar por la ventanilla y ver como Y se alejaba por el arcén del metro sin mirar atrás. Antes de que cerraran las puertas pensó en descender y seguirla. Sentía una necesidad irrefrenable de andar detrás de ella y espetarle con las manos abiertas y con un cierto aire de indignación, ¿crees que puedes andar por el metro preguntando a la gente cuál es su sueño y luego largarte sin más? ¿Quién se supone que eres, un ángel o algo así? Pero no lo hizo. Las puertas se cerraron y X observó impotente como el metro se alejaba de la estación. Llegó a casa como un día cualquiera, con la salvedad de que no podía quitarse a Y de la cabeza. Necesitaba saber quién era en realidad esa mujer y cuál era la verdadera razón por la que había formulado semejante pregunta en semejante lugar a un perfecto desconocido. X resolvió que debía encontrar a Y como fuera y averiguar los motivos que le habían impulsado a actuar así.

X decidió que la manera más sencilla de encontrar a Y sería buscar en el metro que era, al fin y al cabo, el lugar donde se habían encontrado. Empezó acudiendo, religiosamente, durante varios días seguidos a las dos del mediodía a la estación de metro de Banco de España. En primer lugar subió al mismo vagón que había subido el día del encuentro fortuito con Y. Recorrió el vagón a empujones de arriba a abajo, aprovechando su altura para escrutar a todos los viajeros. Ni rastro de Y. A continuación X empezó a variar el vagón al que se subía. En primer lugar optó por los vagones contiguos al vagón donde se había producido el encuentro. Según transcurrían los días X fue progresivamente probando otros, acercándose hacia los extremos del metro. Tras un mes sin obtener resultados, X decidió recurrir a la siguiente fase del plan. Empezó a acudir a la parada a horas ligeramente distintas a la hora del encuentro. Las dos menos cinco, las dos y tres, las dos menos diez, las dos y cinco. Siguiendo de manera escrupulosa la misma mecánica para investigar todos los vagones. A veces volvía atrás y recorría el mismo trayecto en otro vagón, buscando desesperadamente a Y. Tras tres meses de búsqueda infructuosa la situación era descorazonadora: no había ni rastro de Y. X pensó que quizás Y recorrió el trayecto aquel día por casualidad o a causa de un acontecimiento extraordinario, pero que desde luego no constituía un trayecto cotidiano para ella. Por un momento pensó que quizás sí fuera un ángel que merodeaba por paisajes urbanos, sin embargo desestimó la idea en seguida por descabellada. ¿Qué probabilidades hay de encontrar a alguien en la red de metro de una gran ciudad sin conocer nada de esa persona, ni dónde trabaja, ni dónde vive, ni cuáles son su trayectos cotidianos? X pensó en abandonar por completo la búsqueda y resignarse a admitir que no volvería a ver a Y. ¿Sería capaz de reconocerla si se cruzaban fortuitamente por la calle? X desconocía la respuesta, sin embargo le aterraba pensar en la posibilidad de no volver a ver Y jamás.

martes, 14 de diciembre de 2010

27/10/2005

El plan es que no hay plan. Es probable que todavía me encuentre en un estado de euforia por haberme librado del capullo de mi jefe y que según pase el tiempo me deslice hacia un estado no de alarma, pero sí quizás de mayor escepticismo hacia el futuro cercano, dadas las escasas perspectivas de ingresos. Ahora se extiende ante mí un horizonte de tiempo libre que, tras estar confinado en los muros de una oficina, es para cualquier persona con intereses una oportunidad, al mismo tiempo que un abismo. Afortunadamente parapetarme en esta mierda de habitación desangelada me asegura poder aguantar con pocos gastos mientras pienso en algo.
Creo que voy a bajar a la calle a ver si encuentro algún bar barato donde celebrar mi nueva situación laboral, ardua tarea en este barrio que se está convirtiendo a pasos agigantados en el lugar de moda de Barcelona. El nuevo Raval, el fashion Raval, paraíso para hipsters de nuevo cuño y albinos salvajes con la tripa repleta de cerveza barata, sin duda un lugar hostil para un tipo que aspira a emborracharse de la manera tradicional en un bar de barrio. Qué le vamos hacer, los tiempos están cambiando y habrá que adaptarse a este nuevo paisaje, aunque sea a desgana. Y sí, aún así, yo también creo que le debemos un hígado a Bolaño. No se puede ser iconoclasta en todo.

lunes, 15 de noviembre de 2010

1. Shadow y su novela-laberinto

Shadow ha dejado su trabajo hace un mes para consagrar todo su tiempo al proyecto de su novela-laberinto. En realidad tampoco ha tenido demasiado tiempo para escribir durante este último mes. Ha estado ocupado abandonando Nueva York e instalándose en una nueva ciudad. Trabajaba como analista de software y tenía un piso en Brooklyn, donde vivía solo. Una vida aparentemente ordenada y pocos amigos. No le pagaban mal y apenas tenía tiempo para gastar lo que ganaba. Ahora que nadie lee se ha obsesionado con escribir una novela-laberinto. Últimamente pasaba la mayor parte de su tiempo en la oficina navegando por internet, atando cabos. Sus superiores se estaban percatando de la situación, así que decidió largarse antes de que le despidieran y coger todo el dinero que tenía ahorrado para mudarse a Tucson. Para él estas son las características que toda novela-laberinto debería reunir:
1) Cada lector seguirá un camino distinto. No basta con dejar la opción de elegir dos o más posibles vías, cerradas de antemano, para que cada uno escoja la que más le convenga. Lo aleatorio debe gobernar sobre el lector y también sobre el escritor, solo entonces se conseguirá el ansiado sueño de situarlos en planos de igualdad. A un lado la lectura, al otro la escritura: dos actividades igualmente creativas. En medio estará el Dios aleatorio ordenando escenas y reflexiones cada vez de una forma distinta, con la infinidad de posibilidades que la combinatoria establece para un número suficientemente grande de textos. Solo así se acabará con ese pequeño reyezuelo tiránico en que el escritor se convierte en demasiadas ocasiones.
2) Una novela abierta al mundo. Para expresarlo en lenguaje actual: un nodo interconectado a una estructura reticular mucho mayor. Una obra que sirva como un mapa, no para encontrarse a uno mismo, sino para seguir buscándose, para perderse en bosques que hasta hace un momento no se tenía conciencia de que existían. Para ello, en ocasiones, se tendrá que expulsar al lector fuera de la novela a patadas, para que salga a explorar a otros nodos y de allí a otros, de manera inesperada, hasta perder completamente el sentido de la orientación y sentirse extraviado en un mar de referencias culturales, geográficas, textuales relacionadas por vínculos apenas explicables por la razón. Cuando se sienta excesivamente aturdido podrá regresar a la novela, su nodo-hogar, para reconfortarse antes de emprender otra aventura.
Está amaneciendo. Tucson se despereza lentamente. Shadow baja la persiana y cierra los ojos.



jueves, 4 de noviembre de 2010

X e Y, una historia de amor - Uno

X esperaba fumando dentro del coche. Estaba diluviando. Fuera no había ni un alma: normal, pensó X, este lugar es de lo más inhóspito además, con la que está cayendo. Quedaba un minuto para la hora concertada, habría que mantener los ojos bien abiertos y ejecutar el protocolo de reconocimiento con precisión, eso era todo. Decidió encender la radio y buscar a tientas una emisora.
En ese momento vio aparecer a Y. Sí, sin duda, era Y: caminaba sujetando con una mano el diario Pueblo en posición horizontal sobre el pecho. Casi sin darse cuenta X encendió el intermitente derecho. Nadie le había avisado que Y era una mujer, es más había dado por supuesto que era un hombre. Y avanzaba decidida hacia el coche sosteniendo un paraguas con la otra mano y dando pasos desiguales para esquivar los charcos. Según se acercaba al coche X fue dándose cuenta de la situación. No sólo no había contemplado la posibilidad de que Y fuese una mujer, sino que jamás hubiese podido imaginar que Y era esa mujer. ¿Cómo expresarlo? No es que antes pensara que esa mujer era Z o algo así, no, sencillamente no había previsto que ella entrara en juego. X ya había visto a Y anteriormente en alguna asamblea en la facultad de económicas y había sentido un impulso inexplicable de conocerla, de hablar con ella. Impulso que, por otra parte, no había satisfecho, quizás porque no era tan poderoso como él creía o porque X era demasiado tímido para dejarse guiar por los impulsos. El caso es que, sorprendentemente, Y era esa mujer o, mejor dicho, esa mujer era Y.
Entonces ella entró bruscamente en el coche. Estaba empapada. X tardó en reaccionar.