domingo, 25 de mayo de 2014

Il mio paese

En una de las escenas más turbadoras de La gran belleza el protagonista está en el patio de un palacio romano, en plena madrugada, cuando cree ver una jirafa. En eso llega uno de sus mejores amigos y le dice con cierta amargura algo así: "Vengo a despedirme. Regreso a mi pueblo. Roma me ha decepcionado mucho". La expresión que emplea para decir mi pueblo es "il mio paese". Una expresión común en lengua italiana que tal vez sirva para conservar, fosilizada en el idioma, la memoria de una unificación tardía. La República, como arquitectura institucional, como idea ilustrada, y la comarca, el pueblo, la región: el pequeño país.

En muchos de los textos de Josep Pla uno encuentra el término "país" empleado con una deliciosa ambigüedad. Pla era un prosista lúcido e inteligente, que hacía de los matices y de la finura su principal materia. Puede parecer aburrido, en parte todos los escritores memorialistas pueden parecerlo. Renunciar prácticamente a la ficción y adquirir el compromiso de hacer de la realidad cotidiana el único tema es siempre redoblar la apuesta. Pero lo que no puede ser jamás Pla, para cualquier lector atento, es un escritor tosco. 

"País", en catalán, también tiene a menudo esa acepción. Y Josep Pla - italianófilo convencido - juega con la palabra en su vertiente más descaradamente itálica. Fue él precisamente quien dijo que Cataluña era la región más occidental de Italia. Y el lector se encuentra ante el reto de tener que descifrar, con ayuda del contexto, si el autor se refiere a Cataluña, a España o al Ampurdán. Porque a menudo el país de Pla es ese: el Ampurdán. Lo abarcable. El único país posible. Ese pequeño paraíso mediterráneo, territorio de síntesis donde se resume el paisaje catalán en un espacio mucho menor: mar, montaña y llanura. De Palafrugell a Llúfriu, de principio a fin, y esa impresión de que, más allá de construcciones políticas, la única patria posible del hombre, como dijo Rilke, es siempre la infancia.

domingo, 23 de marzo de 2014

Librerías. Bibliotecas.


LA LIBRERÍA DEL CARRER CANUDA



A finales de 2013 la librería de la calle Canuda cerró definitivamente sus puertas. O eso creo, porque no he ido a comprobarlo: en parte por tristeza, en parte por pereza. Se trataba de una librería de viejo en el Barrio Gótico de Barcelona. La descubrí gracias a un buen amigo y en ella pasé buenos momentos buceando entre los libros. Allí compré el relato marinero de Juan Benet SubrosaAura de Carlos Fuentes, Las coplas de Jorge Manrique, Residencia en la tierra de Pablo Neruda, Las peras del olmo de Octavio Paz Tiempo de silencio de Luis Martín Santos. Libros, todos ellos, que disfruté mucho leyendo. Seguramente compré muchos más que ahora no recuerdo, pero aunque solamente fueran esos creo que ya sería suficiente. También presencié escenas extrañas, vagamente dantescas.  Una vez estuve espiando a un hombre alto y delgadísimo que parecía un junco a punto de quebrarse que era sobrino de Josep Maria de Sagarra o amigo de un sobrino de Josep Maria de Sagarra, ahora no lo recuerdo exactamente, y que pretendía alquilar un ático en pleno centro de Barcelona. Creía que esa conexión accidental con la literatura haría que el librero le ayudara inmediatamente en la búsqueda desesperada de un inquilino. Lo que ahora recuerdo de manera especialmente vívida son las muchas tardes que salía a pasear por el centro y rápidamente me encontraba sin ningún lugar adonde ir, y entonces la librería de la calle Canuda se me ofrecía como un refugio benigno donde el tiempo se detenía entre libros abandonados a su suerte. Ahora abrirán una tienda de Mango en el mismo local. No es broma. En una crítica de la autobiografía de Duke Ellington La música es mi amante leí que Duke en su vejez,dijo:  "El South Side ya no depende de sí mismo. Broadway se ha convertido en calle de sentido único, y en París han ilegalizado las casas de furcias. ¿Qué nos queda entonces? ¿Copenhague?". Pues eso.  



LA LIBRERÍA ANTONIO MACHADO


La librería del Círculo de Bellas Artes, mi librería en Madrid. El otro día compré el libro de una de las exposiciones ques están haciendo ahora en el CBA: Fragmentos de un diario, donde Eduardo Stupía pinta fragmentos del diario de Ricardo Piglia. Piglia está obsesionado con los diarios personales. Lleva casi toda su vida escribiendo uno. Es la fuente inagotable, el río sin fin del que beben sus obras: novelas, cuentos y ensayos. No es demasiado difícil, para los lectores de Piglia, rastrear con éxito el germen de sus novelas. A menudo le he leído decir que los diarios de Kafka y de Gombrowicz son la mejor obra de estos autores. Obras que nacen para el consumo personal, sin ningún ánimo de ser publicadas. Literatura privada y por lo tanto sin filtros de ningún orden. En realidad no deja de ser una contradicción adquirir un diario en una librería. Una contradicción no exenta de cierta violencia, la violencia simbólica de las profanaciones. Esta es la primera vez que sale a la luz una parte de los diarios de Piglia, la gran obra de su vida según él, y que solamente será publicada en su totalidad después de su muerte. Hay una frase del libro que ha estado dando vueltas en mi cabeza desde que la leí, de pie, ante una de las estanterías de la librería. Está escrita un viernes durante sus largos periodos como profesor en Princeton. Desconocemos el mes y el año. Los versos son como el resto diurno del sueño, un tejido de imágenes rotas, de recuerdos y palabras perdidas. 


LA BIBLIOTECA PÚBLICA DE RETIRO

Gracias a la Biblioteca Pública de Retiro leí el Ulises. Es la única vez que el encargado del mostrador me ha dicho algo al sobre el libro que tomaba prestado. Lo leí en mi juventud, pero ahora sería incapaz, creo que dijo. El resto de veces no he recibido ningún comentario sobre mi buen o mal gusto a la hora de escoger mis lecturas, lo que ha redundado en una cierta decepción hacia la categoría socioprofesional de los bibliotecarios, a quienes yo creía lectores empedernidos, enfermos de las taxonomías y que en realidad, atendiendo únicamente a mi experiencia, parecen ser seres corrientes tan aburridos de la vida como todos los demás. En definitiva: he leído muchos libros gracias a la Biblioteca Pública del Retiro. Cuando Javier Marías renunció el año pasado al Premio Nacional creo que mencionó algo de lo poco que estaban recibiendo las bibliotecas públicas, como uno de los motivos para no aceptar dinero proveniente de las arcas del Estado. 
Es difícil imaginarse una Europa sin librerías y bibliotecas. En algún sitio leí que en Nashville (600.000 habitantes) hasta hace poco no había ni una sola librería. Una escritora oriunda de allí o que vivía allí (uno con los norteamericanos nunca sabe, parecen moléculas en movimiento perpetuo) decidió abrir una librería porque le entristecía que en su ciudad no hubiera ninguna. Parece que hasta ahora la iniciativa ha sido un éxito. Me alegro. 
Cuando uno imagina un personaje que habita las bibliotecas piensa inmediatamente en Borges, que se imaginaba el universo organizado como una biblioteca. Sin embargo, ahora me viene a la cabeza un poema de Bukowski (que es en parte la antítesis del modelo de escritor que representa Borges) titulado El incendio de un sueño. El Santo Patrón de los escritores borrachos, como dicen sus editores. La biblioteca, en este caso, no ya como hogar del erudito, sino como tabla de salvación, como hospital, y el arte y la cultura como remedios preventivos contra la autodestrucción o el crimen. 



EL INCENDIO DE UN SUEÑO, Charles Bukowski


la vieja Biblioteca Pública de Los Angeles
ha sido destruida por las llamas.
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.


estaba sentado en uno de aquellos bancos
de piedra cuando mi amigo
Baldy me
preguntó:
"¿vas a alistarte en
la brigada
Abraham Lincoln?"


"claro", contesté
yo.

pero, al darme cuenta de que yo no era
un idealista político
ni un intelectual
renegué de aquella
decisión
más tarde.

yo era un lector
entonces
que iba de una sala a
otra: literatura, filosofía,
religión, incluso medicina
y geología.

muy pronto
decidí ser escritor,
pensaba que sería la salida
más fácil
y los grandes novelistas no me parecían
demasiado dificiles.
tenía mas problemas con
Hegel y con Kant.

lo que me fastidiaba
de todos ellos
es que
les llevara tanto
lograr decir algo
lúcido y/
o
interesante.
yo creía
que en eso
los sobrepasaba a todos
entonces.

descubrí dos
cosas:
a) que la mayoría de los editores creía que
todo lo que era aburrido
era profundo.
b) que yo pasaría décadas enteras
viviendo y escribiendo
antes de poder
plasmar
una frase que
se aproximara un poco
a lo que quería
decir.

entretanto
mientras otros iban a la caza de
damas,
yo iba a la caza de viejos
libros,
era un bibliófilo, aunque
desencantado,
y eso
y el mundo
configuraron mi carácter.
vivía en una cabaña de contrachapado
detrás de una pensión de 3 dólares y medio
a la semana
sintiéndome un
Chatterton
metido dentro de una especie de
Thomas
Wolfe.
mi principal problema eran
los sellos, los sobres, el papel
y
el vino,
mientras el mundo estaba al borde
de la Segunda Guerra Mundial.
todavía no me había
atrapado
lo femenino, era virgen
y escribía entre 3 y
5 relatos por semana
y todos
me los devolvían, rechazados por
el New Yorker, el Harper´s,
el Atlantic Monthly.
había leido que
Ford Madox Ford solía empapelar
el cuarto de baño
con las notas que recibía rechazando sus obras
pero yo no tenía
cuarto de baño, así que las amontonaba
en un cajón
y cuando estaba tan lleno
que apenas podía
abrirlo
sacaba todas las notas de rechazo
y las tiraba
junto con los
relatos.
la vieja Biblioteca Pública de Los Angeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.
bueno, yo no era realmente un
vagabundo. yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el
límite
de lo permitido:
Aldous Huxley, D.H. Lawrence,
e.e. cummings, Conrad Aiken, Fiódor
Dos, Dos Passos, Turguénev, Gorki,
H.D. Freddie Nietzche,
Shopenhauer,
Steinbeck,
Hemingway,
etc.
siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera: "que buen gusto tiene usted,
joven."
pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.
pero aquellos estantes contenían
un enorme tesoro: me permitieron
descubrir
a los poetas chinos antiguos
como Tu Fu y Li
Po
que son capaces de decir en un
verso más que la mayoria en
treinta o
incluso en ciento.
Sherwood Anderson debe de haberlos
leído
también.
también solía sacar y devolver
los Cantos
y Ezra me ayudó
a fortalecer los brazos si no
el cerebro.
maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Angeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal
ARROYOS DEMASIADO ANCHOS PARA SALTARLOS
LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
CONTRAPUNTO
EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO
James Thurber
John Fante
Rabelais
De Maupassant
algunos no me
decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,
Tolstói, Robert Frost, F. Scott
Fitzgerald
Upton Sinclair me llegaba
más
que Sinclair Lewis
y consideraba a Gogol y a
Dreiser tontos
de remate
pero tales juicios provenían mas
del modo en que un hombre
se ve obligado a vivir que de
su razón.
la vieja Biblioteca Pública de Los Angeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motorista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.
y cuando abrí el
periodico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruido la
biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había
le dije a mi
mujer: "yo solía pasar
horas y horas
allí …"
EL OFICIAL PRUSIANO
EL ATREVIDO MUCHACHO DEL TRAPECIO
TENER Y NO TENER
NO PUEDES RETORNAR A TU HOGAR.

viernes, 21 de junio de 2013

Mediterràniament y la catalanidad emocional

Hace apenas una semana Núvol, que es una publicación literaria en catalán, publicó gratuitamente el ebook "Mediterròniament. La catalanitat emocional" escrito conjuntamente por Damià Bardera y Eudald Espluga. El libro, compuesto por dos ensayos independientes, analiza un fenómeno que en los últimos años no cesa de asombrarme: la creación de una identidad colectiva, especialmente en Cataluña, a través de los anuncios de Estrella Damm (ED).

Estrella Damm, para el que no lo sepa, en los dos últimos años viene haciendo dos tipos de anuncios:

  1. Los anuncios de verano, de los que se ocupa el libro, que idealizan una forma de vida distendida y aparentemente bucólica.
  2. El anuncio invernal, por llamarlo de alguna forma, que suele hablar del Barça (ED es patrocinador oficial) y donde se cierra el triángulo de identificaciones semánticas entre el Barça, ED y Cataluña. Estos últimos, de los que el libro no se ocupa y que merecerían un análisis aparte, alcanzan unas cuotas de autocomplacencia y de ombliguismo folklórico difíciles de superar.

Me ha gustado el libro. Denso en conceptos, pero lúcido. Era cuestión de tiempo que alguien lo dijera.

En el primer ensayo, titulado "Las antiformas de la vida catalana", Damià Bardera parte del ensayo "Las formas de la vida catalana" de Ferrater Mora. Los anuncios de ED, guste más o menos, no tienen el mismo significado en Cataluña que en el resto de España, ya que precisamente se sirven de ciertos mecanismos referenciales que están profundamente arraigados en la sociedad catalana. Es curioso, ningún otro anuncio, pese a los muchos intentos que ha habido, La Roja incluida, ha logrado un efecto parecido en el espacio referencial hispánico. Dice Damià Bardera que la propuesta de ED es un Noucentisme actualizado al siglo XXI, es decir: desnacionalizado, apolítico, falsamente cosmopolita y low-cost. En efecto, hace tiempo que me parece ver en algunas expresiones culturales barcelonesas una autopoetización de la vida precaria, una celebración, en definitiva, de la imposibilidad que muchos jóvenes tienen de estabilizarse, alejada de todo estoicismo, que no puede dejar de ser grotesca. En realidad no se trata de festejar una opción individual, sino de legitimar una imposición colectiva mediante la utilización de un tono festivo. Brindar por nuestra pobreza, la cultura low-cost. Pero sobre todo brindar y reir, no vaya a ser que en algún momento aparezca el demonio del conflicto o de la violencia, tan presentes en la historia de Cataluña y que el Noucentisme intentó soslayar con su propuesta de una catalanidad serena y helenizante que miraba siempre hacia el norte y jamás hacia al sur.

Según Ferrater Mora (discípulo de Noucentisme, por cierto) las formas de la vida catalana son cuatro: la continuidad, el seny, la mesura y la ironía. Damià Barberà desgrana en su ensayo cada uno de estos conceptos y los confronta con el discurso visual del anuncio, exponiendo la hipótesis de que se hace referencia a ellos para actualizarlos, dándoles la vuelta, pervirtiéndolos. La continuidad, por ejemplo, se esboza superficialmente para acabar exhibiendo un "presentismo perpetuo", "un carpe diem vacío de todo sentido histórico, inhabilitante y repetitivo". Frente al seny (palabra intraducible donde las haya) se nos muestra un fanatismo de ese sentido común de clase media tan abúlico y ramplón que hoy impera. La mesura, según Ferrater Mora, era un equilibro, un "un poco de todas las cosas" que en el anuncio es simplemente una apariencia, ya que el único elemento estético que se reivindica es lo apolíneo (una belleza contenida, equilibrada, estetizante) sin que surja en ningún momento el elemento dionisiaco (los placeres oscuros, la fuerza del desgarro). En los anuncios de ED todo es simetría y moderación; belleza concreta y luminosa, donde el pecado, o la simple tentación, han sido desterrados del Edén. Por supuesto, la ironía no tiene lugar ya que, como bien dice Ferrater Mora la ironía "es una forma de descreer o de creer a medias" y "siempre nace de la desesperación". Si algo no hay en los anuncios de ED es desesperación. Los personajes de ED creen ciegamente y simplemente se dejan arrastrar. No dejan de ser, estos relatos, cantos al gregarismo revestidos de una supuesta individualidad que si uno se detiene examinarlos atentamente no se encuentra por ningún lado.


En el segundo ensayo, titulado la "Utopía emocional mediterránea", Eudald Espluga analiza como los anuncios se sirven de los mecanismos de la literatura de autoayuda y de una narrativa épica del yo. Es un buen ejemplo aquella publicidad que hizo Pepsi hace unos años con el título "Pepsi Generation". El salto cualitativo de Estrella es que no intenta crear una comunidad propia, sino que se erige en santo y seña de una supuesta forma de vivir mediterráneamente. De alguna forma, como bien dice Espluga, "inserta la subjetividad en el patrón narrativo de los anuncios". Así la gente cuando se toma una Estrella en la playa o en una terraza y se hace una foto en Instagram y la twitea con el hashtag #mediterràniament da entender que está viviendo mediterráneamente, que está concretando la utopía y se crea un bucle de reproductibilidad, una identidad colectiva donde lo de menos es beber Estrella (aunque es condición necesaria, por supuesto). Lo que se vende es lifestyle. Luego están todas esas frases finales de los anuncios que actúan como corolario del relato. "A veces lo que buscas está tan cerca que cuesta verlo" y cosas por el estilo. Esto, como se ha dicho antes, no es seny ni es nada, es una medianía de toda la vida, a la que recientemente la literatura de autoayuda ha conferido una pátina de modernidad.

Es interesante lo que Espluga escribe acerca de como "se reafirman los valores del capitalismo post-industrial hasta convertirlos en símbolos de la sencillez primitiva y de la emotividad pura". Un espacio que se convierte, a diferencia del capitalismo industrial donde el conflicto era permanente, en un remanso de paz y de ecumenismo, donde la disensión ha sido completamente barrida por una alegría unánime. Probablemente la clave de los anuncios esté ahí. Ante la crisis del Estado e incluso de las identidades de clase para articular un relato, es la publicidad identitaria la que coge el testigo de establecer una nueva narrativa. Y el relato de ED es seductor: la épica del yo, la perfidia amoris (el imperio de lo efímero) y el lujo emocional. Es decir, los placeres privados como bienes más preciados, por encima de la ostentación o del reconocimiento social que eran los principales bienes que podía ofrecer el capitalismo industrial.

Corolario: con Sartre y el existencialismo aprendimos que la libertad era una obligación, una responsabilidad. Ahora la obligación es ser feliz - se trata casi de una obligación médica - y no buscarla es una "una actitud patológica autodestructiva". Y Estrella Damm es la prótesis que necesitamos para ser felices. Para alcanzar la utopía mediterránea.

Dejo el enlace de la entrevista a los autores que realizó Núvol desde donde os podéis descargar el libro. Había pensado en colgar uno de los anuncios de Estrella Damm, pero finalmente he preferido no hacerlo. De todas formas podéis encontrarlos fácilmente en Youtube.

Post scríptum: No deja de ser paradójico que sea una cerveza la que se erige en la quientaesencia del estilo de vida mediterráneo.





 

lunes, 18 de marzo de 2013

2. Una historia radicalmente concentrada de la literatura argentina: Borges (by Piglia)

Respiración artificial, Ricardo Piglia (Anagrama), es una novela de ideas (¿metaliteraria?) que opera desde la hibridación utilizando los mecanismos del engima propios de la novela policial.

Tiene 2 partes.

La primera es una novela epistolar donde se busca el rastro de un prócer (o de alguien que pudo ser un prócer) de ese larguísimo pleito entre unitaristas y federales que fue el siglo XIX argentino. Un tumulto que duró décadas. Sangre regando la pampa. Lavalle y el general Rosas. Y la guerra interminable. Un tema que regresa siempre en la novela argentina. Ahora pienso, por ejemplo, en Sobre héroes y tumbas.



La segunda parte es, ya sin cartas de por medio, una conversación que dura la noche entera. En la conversación se esbozan distintas teorías literarias. Una de ellas sobre un Kafka visionario, sobre un Kafka cabalístico que anticipó el horror europeo en El Proceso. Otra sobre Wittgenstein. Muchas teorías. Teorías audaces y lúcidas.

La que más me interesa ahora es la que se expresa al principio de la segunda parte y que es una teoría que Piglia ha venido defendiendo ha muchos años.

Emilio Renzi (el protagonista) dice algo así: la literatura argentina moderna desaparece en 1942.

Su interlocutor: ¿Por qué en 1942?

Emilio Renzi: 1942 es el año de la muerte de Roberto Arlt. El único escritor argentino moderno.

Su interlocutor (y un coro de lectores) pregunta entonces: ¿Y Borges?

Emilio Renzi: Borges es el mejor escritor argentino del siglo XIX.

Esa es la clave.
Luego Renzi se explica. El propio Piglia ha expuesto su brillante lectura del canon argentino en muchas otras ocasiones.

Intentaré resumirlo:

Existen 2 líneas antagónicas en la literatura argentina del siglo XIX, representadas por sendas obras fundacionales.

En un rincón del cuadrilátero tenemos a Sarmiento con su Faustino o civilización y barbarie en las pampas argentinas. De ese lado, digámoslo así, está la utopía europea; los unitaristas y su sueño modernizador (muy siglo XIX). La biblioteca, la universidad, la erudición. De hecho el Facundo empieza con una cita del francés. Mal atribuida, por cierto. Piglia dice que no deja de ser premonitorio que una de las obras fundacionales de la narrativa argentina empiece citando del francés y mal. Sarmiento tiene sus seguidores y ahí se inicia, probablemente, una tradición interesantísima: la novela argentina. Una novela híbrida, extraña, periférica respecto al canon tradicional y que luego continuaron Macedonio o Sábato o el propio Cortázar con Rayuela. Novelas, todas, a contrapelo de lo que se supone que debería ser una novela.

En el otro lado del cuadrilátero tenemos El Gaucho Martín Fierro de José Hernández. Es decir: la pampa contra la ciudad. El gaucho como metáfora del argentino. La experiencia vital frente a la biblioteca. En definitiva: el destino suramericano, a menudo trágico, frente al intelectualismo europeo. La rivalidad (y se puede hacer mucha mala literatura con esto) resume el siglo XIX argentino. Unitaristas contra federales. Buenos Aires contra a la pampa. No es la primera obra, pero sin duda el Martín Fierro desata un fenómeno curioso: el de la literatura gauchesca. Siempre me ha maravillado que los poetas argentinos, como nación joven que son, se pusieran a construir su literatura épica en pleno siglo XIX.

Según Piglia Borges aúna esas dos tradiciones. Y juega con ellas, operando desde la parodia y la miniaturización. Borges descubre que su mundo es el de las miniaturas, donde comprime la tradición argentina, estableciendo un diálogo con ella. Una última lectura ecuménica y lúdica que cierra definitavemente el siglo XIX argentino.

Por lo tanto Borges escribe siempre 2 cuentos. O 2 tipos de cuentos. Aunque en realidad es como si Borges escribiera siempre los mismos 2 cuentos que confluyen en El Sur.

1. Cuento de euridición, donde traza mapas de lecturas de obras antiquísimas (algunas inventadas, Borges en eso sí es muy moderno, utiliza la falsa erudición) y construye la intriga a partir de juegos intelectuales que aspiran siempre a la precisión matemática. Ese es el Borges europeo. El Borges que se enmarca dentro de la tradición de Sarmiento. Un Borges que nos dice: la Biblioteca es la vida. La única experiencia que vale está en la lectura.

2.  Cuento orillero, donde Borges nos relata las aventuras de hombres que dirimen sus asuntos a cuchillos en las orillas de Buenos Aires. O en la pampa. Pienso en El hombre de la esquina rosada (Historia universal de la infamia), donde Borges encuentra la voz del narrador (un arrabalero) para hacer valer eso que él mismo dijo: cuando descubres una voz, descubres un destino. Aquí Borges nos dice: la vida está en encontrar la muerte bajo el sol, acometiendo, defendiendo el honor. Es decir: la vida está en la vida, en la experiencia de primera mano; no en la lectura.

Su cuento preferido era El Sur (Ficciones). Justamente El Sur es el único cuento donde mezcla las dos vertientes. En el personaje tiene lugar la contradicción entre el destino urbano/europeo y el destino de la pampa/suramericano. Siempre podemos encontrar esa pregunta en Borges: ¿ha vivido realmente alguien que sólo ha leído?

En el prólogo de la reedición de Fervor de Buenos Aires, su primer libro de poemas, Borges volvía a plantear magistralmente esa disyuntiva entre sus dos literaturas y que tal vez nunca llegó a resolver:

En aquel tiempo, buscaba atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.

sábado, 15 de diciembre de 2012

1. Una historia radicalmente concentrada de la literatura argentina: Witold Gombrowicz

El concepto de literatura nacional - dice Vila-Matas - es un concepto del siglo XIX. Con toda seguridad nadie representa mejor la extraterritorialidad, acaso el extrañamiento, en la historia móvil de literatura argentina que Witold Gombrowicz.

Gombrowicz nace en Polonia en 1904 y llega, en barco para una visita, a Buenos Aires pocos días antes de la invasión alemana de Polonia. Y ante la imposibilidad de regresar a Polonia decide quedarse allí. Lo primero que hace es ingresar en la pobreza. Al poco tiempo sus amigos de la comunidad polaca de Buenos Aires le consiguen un empleo en el Banco Polaco de Buenos Aires. Un empleo rutinario, aburridísimo; donde no quieren verle desocupado al mismo tiempo que apenas le dan nada que hacer. Es en sus ratos libres, ocultándose de su jefe, cuando escribe Transatlántico, novela autobiográfica que relata lo que acabo de resumir y otras muchas cosas, sirviéndose de una divertida parodia de la pobreza y de la comunidad polaca de Buenos Aires. El tema de la novela es el individuo frente a la nación. Y sí, lo logra: Gombrowicz desarma al nacionalismo, operando con lo absurdo, la paradoja y el humor. En los 24 años que reside en Buenos Aires nunca deja de escribir en polaco y sin embargo (caso único en la historia) ingresa en la historia de la literatura argentina. Argentina o Gombrowicz, de quién es la culpa no lo sé, pero es insólita la historia de un escritor que vive 24 años en un país escribiendo en una lengua extranjera (en polaco ni más ni menos), a la vez que es capaz de reunir a su alrededor a una pequeña legión de fieles y participar plenamente en esa llanura, en esa pampa, imaginaria donde confluyen las discusiones y las teorías, es decir: donde tiene lugar la lucha por el canon.

La historia de su primera novela: Ferdydurke, una critica devastadora al folklore, la historia y la pobre sociedad literaria polacas, escrita en 1937 y traducida colectivamente por sus discípulos en el café Rex de Buenos Aires (ni ellos sabían polaco, ni Gombrowicz apenas castellano, ¿cómo lo hicieron? nadie lo sabe a ciencia cierta), es ya mítica, como la propia obra, considerada obra maestra de un modernismo a medio camino del dadaísmo y los Hermanos Marx. Olvidada en Europa, el ajetreo del momento no dejaba tiempo para novelitas vanguardistas, y reflotada en la Argentina, donde adquirió la categoría de novela de culto, fue recibida (y sigue siendo recibida) con entusiasmo por lectores audaces y escritores indiscutibles como Ernesto Sábato, que escribió el prólogo de la 1º edición, o el mismo Piglia, que tiene una atrevida teoría sobre Gombrowicz como uno de los mejores novelistas argentinos del siglo XX.

Lo mismo que se preguntó Borges durante años, ¿cómo ser universal, sin dejar de ser argentino? ¿cómo ser universal siendo de un país desconocido, en plena periferia, como Argentina?, seguramente se lo preguntó Gombrowicz más de una vez, sin dramatismos y respondiéndose de manera hilarante. La manera más divertida (y dramática a la vez) de ser polaco y universal es ser Witold Gombrowicz.

Obviamente la posición de Gombrowicz y sus discípulos, respecto a la de Borges y sus seguidores, era marginal. Sin embargo, allí estaban: dando pelea. Creando un polo alternativo en la literatura argentina a la hegemonía de Borges, Bioy y Silvina Ocampo. Y, en este caso, el tiempo sí ha sido justo con él, y gradualmente Witold Gombrowicz ha ido ascendiendo a la respetable posición de clásico contemporáneo en Europa y en Latinoamérica. 

Cuenta también Vila-Matas (probablemente la escena sea falsa, pero qué más da) que 24 años después, cuando Gombrowicz estaba despidiéndose de sus discípulos desde lo alto de la cubierta del barco que lo iba a llevar de regreso a Europa gritó, siempre enfrentado a la noción de literatura institucional: ¡Maten a Borges! Y esas fueron las últimas palabras de Gombrowicz que llegaron a suelo argentino. En palabras del propio Vila-Matas: Sabe muy bien lo que dice, es un consejo enormemente sensato, al que no van a hacer caso sus pobres discípulos, que quedaron desolados para siempre andando por las carreteras más llanas de la Pampa.

Nunca regresa a Polonia. Se instala en Berlín y luego en el sur de Francia, donde muere. Un polaco en la literatura argentina o, como le llamaban sus discípulos, simplemente Witoldo. 

martes, 26 de junio de 2012

València, de Salvador Iborra

Hace algo menos de un año mataron en las calles de Barcelona al poeta valenciano Salvador Iborra. Tenía 33 años. El motivo fue una discusión a las seis de la madrugada por una bicicleta robada. Iborra, tras dar algunas vueltas por el barrio Gótico, donde vivía, encontró delante de su casa a los ladrones con la bicicleta. Eso dio pie a una discusión y los ladrones le cortaron el cuello de un navajazo. Estuvo un rato ahí, tirado en la calle, y cuando alguien llamó a la ambulancia ya era demasiado tarde. El caso salió en todos los medios, adquiriendo una cierta notoriedad entre los habitantes de la ciudad. Hasta tres personas que, con toda seguridad, no leen poesía me dijeron: han asesinado a un poeta. No dijeron: han asesinado a un hombre. Supongo que eso hizo que volviera a pensar en la fascinación que nos provocan los poetas asesinados, ese mito subterráneo que como el del poeta suicida está presente de alguna forma en nosotros. En primer lugar fue eso lo que hizo que me interesara en Salvador Iborra. A continuación, leyendo las noticias en los periódicos descubrí que Iborra adoraba al poeta catalán Gabriel Ferrater (a su vez poeta suicida. Se podría decir que su sucidio, como su poesía, fue un elogio a la precisión) y, en aquellos días en que leía con verdadera pasión Les dones i els dies (poemario de vida de Ferrater), me sentí extrañamente hermanado con el poeta asesinado. Dos ferraterianos en medio de la multitud ágrafa: él en la Academia (tenía una tesis sobre el tema), yo en la desolación de la oficina.  

Salvador Iborra escribía en catalán. Cuando lo mataron había escrito tres poemarios: Un llençol per embrutar (Una sábana para manchar), Les entranyes del foc (Las entrañas del fuego) y Els cossos oblidats (Los cuerpos olvidados), título ferrateriano donde los haya. Sus libros son casi imposibles de encontrar, como los de cualquier poeta joven. Solamente he podido conseguir  Els cossos oblidats. El libro está lleno de aciertos. A mi entender el principal hallazgo es una poesía inusualmente madura con una fuerte pulsión narrativa. En Els cossos oblidats hay amores perdidos, escenas de deseo, cuerpos temblorosos, ciudades y sus calles y una juventud ardiendo en la que no hay tiempo ni lugar para heroísmos. Seguramente se pueden encontrar poemas mucho mejores que València, pero entendí o creí entender perfectamente a Iborra después de leer este poema (abajo podéis leerlo en el catalán original y pobremente traducido al castellano). Intuyo que a Salvador Iborra le entristecía ver a su ciudad convertida en un esperpento. Una Valencia repleta de mafiosos rusos que lloran por el alma eslava en los amaneceres del Mediterráneo mientras sostienen una copa de vodka, rodeados de gorilas que no entienden nada. Una Valencia llena de proxenetas industriales que en su tiempo libre montan partidos de ultraderecha y se codean con dudosos empresarios de seguridad (¿Mamporros S.A.?) y de políticos con dientes resplandecientes y bronceados perennes; políticos hiperexcitados y festivos, inauguradores apasionados que ante el jolgorio creyeron que la vida era una mascletá sin fin y que en un exceso poético proclaman ahora que la paella somos todos. Una Valencia irreconocible que se ha convertido en un ejemplo paradigmático de lo que fuimos hace muy poco y de lo que en realidad seguimos siendo. Bueno, de lo que son algunos; sí, muchos, pero no todos. Salvador Iborra no vio un duro en los Felices Años y otros tampoco. En todo caso, pienso en Salvador y en su vida en el Barrio Gótico de Barcelona. Pobre y feliz, como seguramente sólo saben serlo los poetas jóvenes, pero cargando en silencio con una ciudad, tal vez con dos: Valencia y Barcelona.   



València

Interrogant ànimes infernades.
AUSIÀS MARCH

Quan et rompen a cops de vergonya el paisatge.
PONÇ PONS

Aquesta ciutat irrevocable on cada dia em desperte,
aquesta ciutat incrèdula on habiten malalalts incurables,
on m'alce cada matí per provar d'entendre maldestre
quina cosa ha de ser la vida. Ciutat d'amistats difícils,
de paciència callada i d'emocions salvatges sense públic,
aquesta ciutat que em va veure nàixer, indret amarg
de llengua i cultura catalanes encara, controvertida pàtria
que molts voldríen abandonar per sempre, lassos
de tanta ignomínia, de viure silenciosament entre cadenes.
Aquesta ciutat sense nissaga, camí de capvespres
entre parets pelades d'edificis eternement caient-se,
dels últims raig de llum que el nostre ull perdonar.
Ací, d'on els forasters i els patricis en trauen l'hàbit
d'enriquir-se, em ve aquesta nit la necessitat d'escriure.
Avui vull recórre-la per tota la seua bruta amplària,
ciutat meua, de llengua i música prohibides, sort de carrers
que ni amb els segles cicatritzaran les seues ferides,
ciutat d'un poble que amb la vanitat li han tret l'orgull,
que reposa sobre el pit d'aquells que se l'estimen.
València, pas sinuós de cadàvers que no tenen sexe,
cau de leprosos de l'ànima, carn a si mateix devorant-se,
patrona d'homes bondadosos que no aniran a l'escola,
desert literari abatut i ple de nostàlgia pels nostres majors,
Estellés, Fuster, Valor, Guarner que en temps passats
açò era un lloc d'esperança, ara aterren avions i ja no
es llegeixen llibres. Es contreuen ferotges els suburbis,
falsos discursos envilegen la nostra antiga cultura;
és impossible evadir-se, on està el record d'aquesta terra?
No sabeu com de profundament admire els que hi romanen,
els que porten dins seu l'infern i encara saben riure,
actors coronats que no apareixen mai en els llibres,
els que escriuen a les fosques, els que s'esforcen,
ells em són la pàtria, ells em són la força amb el seu
batre d'ales impossible entre la infantesa i els no-resos,
custodis encara dels carrers de València, senzills i alegres
de vegades, cercant i estimant allò que duem a dins,
aquest gran amor que creix com un dol entre nosaltres,
aquest hospici per a somnis que parla de coses possibles
que no som pelegrins del silenci i una altra ciutat podrà ser.




Valencia

Interrogando almas infernadas.
AUSIÀS MARCH
Cuando te rompen el paisaje a golpes de vergüenza.
PONÇ PONS
Esta ciudad irrevocable donde cada día me despierto,
esta ciudad incrédula donde viven enfermos incurables,
donde cada mañana me levanto para intentar entender torpemente
qué es la vida. Ciudad de amistades difíciles,
de paciencia callada y emociones salvajes sin público,
esta ciudad que me vio nacer, lugar amargo
de lengua y cultura catalanas todavía, controvertida patria
que muchos querrían abandonar para siempre, lasos
de tanta ignominia, de vivir silenciosamente entre cadenas.
Esta ciudad sin dinastía, camino de atardeceres
entre paredes desconchadas de edificios eternamente cayéndose,
de los últimos rayos de luz que nuestro ojo perdona.
Aquí, donde los forasteros y los patricios han adquirido el hábito
de enriquecerse, siento esta noche la necesidad de escribir.
Hoy quiero recorrerla por toda su sucia amplitud,
ciudad mía, de lengua y música prohibidas, suerte de las calles
cuyas heridas no cicatrizarán ni con los siglos,
ciudad de un pueblo al que con la vanidad le han quitado el orgullo,
que reposa sobre el pecho de aquellos que la aman.
Valencia, paso sinuoso de cadáveres que no tienen sexo,
zulo de leprosos del alma, carne a sí misma devorada,
patrona de hombres bondadosos que no irán a la escuela,
desierto literario abatido y lleno de nostalgia por nuestros mayores,
Estellés, Fuster, Valor, Guarner que en tiempos pasados
este era un lugar de esperanza, ahora aterrizan aviones y ya no
se leen libros. Se contraen feroces los suburbios,
falsos discursos envilecen nuestra antigua cultura;
es imposible evadirse, ¿dónde está el recuerdo de esta tierra?
No sabéis cuán profundamente admiro a los que se quedan,
a los que llevan dentro su infierno y aún saben reír,
actores coronados que no aparecen nunca en los libros,
los que escriben a oscuras, los que se esfuerzan,
ellos para mí son la patria, ellos para mí son la fuerza con su
batir de alas imposible entre la infancia y los vacíos,
guardianes aún de las calles de Valencia, sencillos y a veces
alegres, buscando y amando eso que llevamos dentro,
ese gran amor que crece entre nosotros como un duelo,
este hospicio para sueños que habla de cosas posibles
que no somos peregrinos del silencio y otra ciudad podrá ser.

domingo, 15 de abril de 2012

El pensamiento de mediodía (La pensée du midi) - A. Camus

Uno de mis libros de pensamiento favoritos es el "El hombre rebelde" de Albert Camus. Uno de mis pensadores favoritos es Albert Camus. Hace unos dos años "El mito de Sísifo" fue un golpe. En mi adolescencia "El extranjero" fue un golpe. "El hombre rebelde", hace un año, fue un huracán de lucidez. Creo que muchas de sus tesis siguen vigentes y sirven para analizar la historia y el presente de la rebelión humana y de las revoluciones inspiradas por ella. Su visión de las dos almas de Europa: germánica y mediterránea, es más actual que nunca. Este fragmento, de la parte titulada "El pensamiento de mediodía" es un magnífico ejemplo de la mirada filosófica y poética de Albert Camus.

La historia de la Primera Internacional, en la que el socialismo alemán lucha sin descanso contra el pensamiento libertario de los franceses, los españoles y los italianos, es la historia de las luchas contra la ideología alemana y el espíritu mediterráneo. La comuna contra el Estado, la sociedad concreta contra la sociedad absolutista, la libertad reflexiva contra la tiranía racional, el individualismo altruista, en fin, contra la colonización de las masas, son, por lo tanto, las antinomias que ponen de manifiesto, una vez más, la larga confrontación entre la mesura y la desmesura que anima a la historia de Occidente desde el mundo antiguo. El conflicto profundo de este siglo no se establece, quizás, entre las ideologías alemanas de la historia y la política cristiana, que en cierta manera son cómplices, tanto como entre los sueños alemanes y la tradición mediterránea, las violencias de la eterna adolescencia y la fuerza viril, la nostalgia exagerada por el conocimiento y los libros y el coraje endurecido y aclarado en el curso de la vida; en fin, entre la historia y la naturaleza. Pero la ideología alemana es en esto una heredera. En ella terminan veinte siglos de una vana lucha contra la naturaleza en nombre de un dios histórico primeramente y de la historia divinizada luego. El cristianismo no ha podido conquistar, sin duda, su catolicidad sino asimilando todo lo que podía del pensamiento griego. Pero cuando la Iglesia disipó su herencia mediterránea hizo hincapié en la historia en perjuicio de la naturaleza, hizo triunfar lo gótico sobre lo romántico y, destruyendo un límite en sí misma, reclamó cada vez más el poder temporal y el dinamismo histórico. La naturaleza que deja de ser objeto de contemplación y admiración no puede ser ya luego sino la materia de una acción que aspira a transformarla. Estas tendencias, y no las nociones de mediación que habrían dado al cristianismo su verdadera fuerza, triunfan en los tiempos modernos, y contra el cristianismo mismo, en virtud de una justa reversión de las cosas. Si en efecto, Dios es expulsado de este universo histórico, nace la ideología alemana, en la que la acción no es ya perfeccionamiento sino pura conquista, es decir, tiranía.
Pero el absolutismo histórico, a pesar de sus triunfos nunca ha dejado de tropezar con una exigencia invencible de la naturaleza humana cuyo secreto guarda el Mediterráneo, donde la inteligencia es hermana de la dura luz. Los pensamientos rebeldes, los de la Comuna o del sindicalismo revolucionario, no han dejado de negar esta exigencia tanto frente al nihilismo burgués como al socialismo cesáreo. El pensamiento autoritario, al favor de tres guerras y gracias a la destrucción física de un grupo selecto de rebeldes, ha sumergido esta tradición literaria. Pero esta pobre victoria es provisional y el combate continúa. Europa no ha existido nunca sino en esta lucha entre el mediodía y la medianoche. No se ha degradado sino al abandonar esta lucha, al eclipsar el día con la noche. La destrucción de este equilibrio produce actualmente sus frutos más bellos. Privados de nuestras mediaciones, desterrados de la belleza natural, nos hallamos de nuevo en el mundo del Antiguo Testamento, arrinconados entre unos Faraones crueles y un cielo implacable.
En la miseria común renace la vieja exigencia; la naturaleza vuelve a alzarse ante la historia. Claro está que no se trata de despreciar nada, ni de ensalzar a una civilización contra otra, sino decir simplemente que hay un pensamiento del cual el mundo actual no podrá prescindir ya mucho tiempo. Hay, ciertamente, en el pueblo ruso algo capaz de dar a Europa una fuerza de sacrificio, y en América un poder de construcción necesario. Pero la juventud del mando sigue encontrándose alrededor de las mismas costas. Precipitados en la innoble Europa donde muere, privada de belleza y amistad, la más orgullosa de las razas, nosotros, los mediterráneos, seguimos viviendo de la misma luz. En plena noche europea, el pensamiento solar, la civilización de doble rostro, espera su aurora. Pero ilumina ya los caminos del verdadero dominio.